
En tres años de incesante actividad plantó 100.000; sólo 10.000 se convirtieron en encinas, pero a medida que los árboles crecían, los arroyos se llenaban de agua clara y la región reverdecía. Siempre sólo y envejeciendo lentamente, continuó su generoso trabajo, como un enviado del Cielo. Además de encinas, plantó hayas y abedules.
Poco a poco un verdadero bosque iba cubriendo las montañas. Alejado de todo y de todos, nadie podía imaginarse lo que hacía.
Un día pasó por allí un ingeniero de montes intrigado por ese bosque que se había vuelto impresionante. Creyó que se trataba de un milagro de la Naturaleza y lo puso bajo protección del Estado.
En 30 años esta región, en otro tiempo desolada, se había vuelto verde, próspera y rica gracias al “trabajo sosegado y regular” de un solo hombre que “había encontrado una estupenda manera de ser feliz”… ¡plantando árboles!
Jean Giono (escritor francés).
No hay comentarios:
Publicar un comentario